25 de Noviembre: Contra la violencia de género

miércoles 25 de noviembre de 2009


El 25 de Noviembre se celebra el Día Internacional contra la Violencia de Género. Las noticias sobre mujeres víctimas de malos tratos nos abruman y preocupan. Sólo tomando conciencia de la gravedad de este problema, podremos actuar contra él como ciudadanos y ciudadanas.
Esta caza del tesoro pretende ser un motivo de reflexión y debate sobre la violencia de género, sus distintas formas, como detectarla y prevenirla. En definitiva, una manera de concienciarnos para poder intervenir y ayudar a mujeres que sean víctimas de la violencia de género. Pinchad aquí:

CAZA DEL TESORO SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO








Apareciste una noche fría
con olor a tabaco sucio y a ginebra
el miedo ya me recorría mientras cruzaba los deditos tras la puerta
Tu carita de niño guapo se l'ha ido comiendo el tiempo por tus venas
y tu inseguridad machista se refleja cada día en mis lagrimitas
Una vez más, no por favor que estoy cansá
y no puedo con el corazón
Una vez más, no mi amor por favor,no grites que los niños duermen
Una vez más, no por favor que estoy cansá
y no puedo con el corazón
Una vez más, no mi amor por favor,
no grites que los niños duermen.
Voy a volverme como el fuego
voy a quemar tus puños de acero
y del morao de mis mejillas sacar valor
para cobrarme las heridas.
Malo, malo, malo eres
no se daña a quien se quiere, no
tonto, tonto, tonto eres
no te pienses mejor que las mujeres
Malo, malo, malo eres
no se daña a quien se quiere, no
tonto, tonto, tonto eres
no te pienses mejor que las mujeres
El dia es gris cuando tu estás
y el sol vuelve a salir cuando te vas
y la penita de mi corazón yo me la tengo que tragar con el fogón
mi carita de niña linda se ha ido envejeciendo en el silencio
cada vez que me dices puta
se hace tu cerebro más pequeño
Una vez más, no por favor que estoy cansá
y no puedo con el corazón
Una vez más, no mi amor por favor,
no grites que los niños duermen
Una vez más, no por favor que estoy cansá
y no puedo con el corazón
Una vez más, no mi amor por favor,
no grites que los niños duermen.
Voy a volverme como el fuego
voy a quemar tus puños de acero
y del morao de mis mejillas sacar valor
para cobrarme las heridas.
Malo, malo, malo eres
no se daña a quien se quiere, no
tonto, tonto, tonto eres
no te pienses mejor que las mujeres
Malo, malo, malo eres
no se daña a quien se quiere, no
tonto, tonto, tonto eres
no te pienses mejor que las mujeres...Voy a volverme como el fuego
voy a quemar tus puños de acero
y del morao de mis mejillas sacar valor
para cobrarme las heridas.
Malo, malo, malo eres
no se daña a quien se quiere, no
tonto, tonto, tonto eres
no te pienses mejor que las mujeres
Malo, malo, malo eres
no se daña a quien se quiere, no
tonto, tonto, tonto eres
no te pienses mejor que las mujeres...
Malo, malo, malo eres
malo eres, porque quieres
Malo, malo, malo eresno me chilles que me duele
Eres débil y eres malo no te pienses
mejor que yo ni que nadie
y ahora yo me fumo un cigarrito
y te hecho el humo en el corazoncito
porque malo, malo, malo eres, tu malo, malo, malo eres, si
malo, malo, malo eres, siempre
malo, malo malo eres.

Hikikomori

jueves 19 de noviembre de 2009

Desde finales de los noventa, en Japón aumenta el número de los hikikomori, los "enclaustrados". Esta población, formada por adolescentes y por jóvenes entre los 20 y los 30 años, se caracteriza por encerrarse en sus cuartos y no salir en meses. Entre los cientos de miles en esta situación se encuentran los otaku, que ya ganaron fama llevando hasta la exacerbación el aislamiento con los walkman. Ahora, además, se suman especies diferentes y nuevas. Se trata, en conjunto, de criaturas, pasivas como bultos, que creen haber visto todo lo que había por ver y desdeñan cuanto ocurra más allá de sus cuatro paredes. ¿Salir para qué? Son, en su mayoría, hijos de empleados medios que llevan una vida media, telespectadores de programas mediocres que compran en supermercados con descuento, veranean en playas atestadas y duermen los domingos hasta la hora de comer. A través del testimonio que aporta la biografía de sus padres consideran innecesaria otra edición propia e igual mientras obtienen, por el contrario, una cierta voluptuosidad en su inacción y paladean una liberación en lo más inane. Han decidido, en fin, cambiar el exterior, rutinario y hacinado, por una vida en el interior. Tampoco por una vida interior porque, según afirman los psicólogos, los hikikomori eluden implicarse en una experiencia íntima que les requeriría desgastes y conflictos. Se enclaustran, pues, no para orar, sino para no gastar. Para ahorrarse la vida que les caería encima si siguieran los pasos establecidos y de cuya fatalidad procuran defenderse mediante el antagonismo de su indiferencia. Efectivamente, la desaparición de las utopías ha desencantado notablemente el mundo o la excitación por vivir, pero hasta hace poco, el afán de hacerse famoso o comprar muchos bienes de lujo había llenado parte del vacío. ¿No ocurre ya así en Japón? Los hikikomori, contemplados a simple vista, parecen vegetales y, por lo tanto, más simples que cualquier animal, pero observados con otros ojos, su lela compostura resulta orgánicamente justa: la clase de vida que se les ofrece, en cuanto parte de la gran masa, no merece el precio que el sistema les reclama. De modo que una de dos: o la calidad mejora o los hikikomori, como seres humanos, no darán más que cero de sí.

El País
Vicente Verdú

¡Qué bonita es la infancia!

jueves 29 de octubre de 2009




A las nueve tempranito estás en clase medio adormilao, otra vez en el colegio la maestra te pregunta:
-Los deberes ¿no los haces?
-Señorita me dolía la cabeza, no pude acabar las frases.
Sin problema el gafitas de la clase si los tiene y cuando sale a la pizarra tú y tu amigo recordáis esa tarde con la play ,jugando al Fifa, unos donuts de merienda, unos goles y unas risas ¡que bonita que es la infancia! Cuando chico no había prisa.
-Jugamos a la play?
-Me pido Brasil!!
-No, que siempre te lo eliges tú ! toma! jajaj
En el recreo al estudioso de las gafas le insultáis y no replica el xavalito que nunca abría la boca:
-Me están pegando señorita
¡Que crueles son los niños cuando uno se equivoca! Recuerdo cuando de mí se reían porque no tenían marca los deportes que calzaba aquellos días, "papá, yo quiero los jumas de rayas grises" "que va hijo no se puede veremos a ver qué es lo que puedo hacer el mes que viene" y se reían de mis cosas. De niños ¡que crueles!
-Papá, cómprame los juma!
-Te he dicho que no hay dinero.
-Sí, hombre nunca hay dinero…
Niños sois, casi adolescentes, secundaria obligatoria ¡Que sorpresa! no veas el cachondeito con las niñas buscando en sus maletas las compresas. Os hacéis mayores y el más chulito está fumándose un cigarro
-Toma fuma!
-Ahh!! ¡Qué asco!
¿Por qué fumas? Porque no será tan malo, ya que fuman en la tele y hasta fuma el mayor de tus hermanos. Olvídalo, no es sano. La vida es dura y estudiar es necesario. La calle te traiciona como te traiciona el barrio ¿te acuerdas cuando hablamos? Te quedaron seis, hermano. Yo pensé en tu futuro, me asomé por la ventana ¡que claro lo estaba viendo! Esos golfos de la calle, to el día malviviendo, orgullosos porque roban, te engañan y te inducen a la droga. Yo te ayudo en los estudios, de eso puedes estar seguro. La cultura es el arma que defenderá lo tuyo en el futuro.
- ¿Cuántas tan quedao?
-Seis
-Y ¿qué? ¿te quedas tan tranquilo? Tú ¿qué quieres? ¿ser un desgraciao? Pos tu sigue así, te vas a arrepentir to la vía, Raúl.
Aunque sigamos llevando un niño dentro, ya somos adultos, muy pocos llegan a universitarios. Arrepentíos los que sí que pudieron y sin embargo por pereza no estudiaron. La mayoría de chavales, curriculum en mano, deseando esa llamada esperada que les diga ¡Hay trabajo! Así es la vida eh! ¿O no? Te enamoras y a veces sin querer, dejas a tu novia embaraza' ya necesitas un hogar, nido de amor pa un bebé. No sé como lo vamos a hacer. Mujer, no te eches a llorar' ¡saldremos! Voy al banco con mi padre a solicitar un préstamo, la cosa esta que arde, esperemos que nos concedan el dinero. Un momento director, tu y yo nos conocemos. El director del banco era el de las gafas ¿te acuerdas? Aquel chaval que se hartaba de estudiar mientras tú… jugabas a la play...

De cómo el cochero Salim consiguió sus historias sentado y pudo conservarlas con toda su frescura una infinidad de tiempo

martes 27 de octubre de 2009

-I-

Verdaderamente, es una historia extraña: el cochero Salim perdió el habla. Si no hubiese sucedido ante mis propios ojos, la historia me habría parecido exagerada. Comenzó en agosto de 1959 en el barrio antiguo de Damasco. Si yo quisiese inventar una historia semejante, Damasco sería la ciudad para hacerlo. En ningún otro lugar podría ocurrir.
Entre los habitantes de Damasco había gente extraña por aquel entonces. ¿A quién le sorprende eso en una ciudad antigua?. Se dice que cuando una ciudad permanece habitada ininterrumpidamente más de mil años, confiere a sus habitantes peculiaridades que se han acumulado en épocas pasadas. Damasco tiene incluso una antigüedad de varios miles de años. Así que no es de extrañar que deambulen personajes raros por las callejuelas laberínticas de esa ciudad. El viejo cochero Salim era el más raro de todos. Era pequeño y delgado, pero su voz cálida y profunda hacía que pareciese un hombre grande de hombros anchos, y ya en vida se convirtió en leyenda, lo que no significa mucho en una ciudad donde las leyendas y los rollos de pistacho son sólo dos de mil y una especialidades.
Debido a los numerosos golpes de estado de los años cincuenta, los habitantes del barrio antiguo confundían los nombres de los ministros y los políticos con los de los actores y otras celebridades. Pero para todo el mundo sólo existía en el barrio antiguo aquel cochero que sabía contar unas historias capaces de hacer reír y llorar a los que las escuchaban.
Entre los personajes extraños había algunos que tenían un refrán apropiado para cualquier acontecimiento. Pero sólo había un hombre en Damasco que supiese historias para todo, ya fuese que alguien se hubiese cortado un dedo, se hubiese resfriado o enamorado desdichadamente. ¿Pero, cómo se convirtió el cochero Salim en el narrador más famoso de nuestro barrio?. La respuesta a esta pregunta es, como cabía esperar, una historia.
En los años treinta, Salim era cochero y hacía el recorrido entre Damasco y Beirut. Entonces los cocheros tardaban dos días fatigosos en hacer el trayecto. Eran dos días peligrosos porque el camino conducía por el escarpado “desfiladero del Cuerno” donde abundaban los ladrones, que se ganaban el pan robando a los viajeros que pasaban por allí.
Las diligencias apenas se distinguían las unas de las otras. Eran de hierro, madera y cuero y en ellas había sitio para cuatro viajeros. La lucha por conseguir viajeros era despiadada; a menudo decidía el puño más duro y los viajeros tenían que trasladarse, todavía pálidos del susto, a la diligencia del vencedor. Salim también luchaba, pero raramente lo hacía con los puños. Él empleaba la astucia y su lengua invencible.
En la época de la crisis económica, cuando cada año era menor el número de viajeros, el bueno de Salim tuvo que inventarse algo para sacar adelante a su familia. Tenía una mujer, una hija y un hijo a los que alimentar. Los asaltos a las diligencias se multiplicaban porque muchos campesinos y artesanos arruinados huían a las montañas y se ganaban la vida como salteadores. Salim prometía a los viajeros en voz baja: “conmigo llegaréis a vuestro destino sin sufrir un solo rasguño y con la misma bolsa de dinero que llevabais al partir”. Eso lo podía prometer porque mantenía buenas relaciones con muchos ladrones. Así pudo ir y venir una y otra vez de Damasco a Beirut sin ser molestado. Cuando llegaba al territorio de un bandido dejaba -sin que se diesen cuenta los viajeros- algo de vino o de tabaco al borde de la carretera, y el ladrón le saludaba amistosamente con la mano. Salim nunca fue asaltado. Pero al cabo del tiempo trascendió el secreto de su éxito y todos los cocheros le imitaron. Ellos también dejaban ahora obsequios al borde de la carretera y podían proseguir el viaje pacíficamente. Salim contaba que las cosas habían llegado a tal extremo que los bandidos se convirtieron en obesos y perezosos recolectores incapaces de infundir miedo a nadie.
Así que la perspectiva de una protección segura frente a los ladrones dejó pronto de atraer a los viajeros a su diligencia. Salim reflexionó desesperadamente sobre lo que podía hacer. Un día una vieja dama de Beirut le dio la idea salvadora. Durante el trayecto contó a la dama las aventuras de un ladrón que se había enamorado de la hija del sultán. Salim conocía personalmente al ladrón. Cuando al final del viaje la diligencia se detuvo en Damasco, la mujer exclamó al parecer: “¡Dios bendiga tu lengua, joven. Contigo el tiempo ha pasado en un vuelo!”. Salim llamó a aquella mujer su “hada de la suerte” y desde entonces prometía a los viajeros que les contaría historias durante el trayecto de manera que no notarían las fatigas del viaje. Ésa fue su salvación, pues ningún otro cochero sabía contar historias como él.
Pero, ¿cómo se las apañaba el viejo zorro, que no sabía leer y escribir, para contar continuamente historias nuevas? ¡Muy sencillo! Cuando los viajeros habían escuchado un par de historias, él preguntaba en tono casual: “¿Puede contar alguno de vosotros una historia?”.
Y entonces siempre había alguien, un hombre o una mujer, que contestaba: “Yo conozco una historia increíble. ¡Pero, sabe Dios, que es verdadera!”. O: “¡Bueno, yo no sé contar muy bien historias, pero una vez un pastor me contó una y si los señores no se ríen de mí, me gustaría contarla”. Y, naturalmente, el cochero Salim animaba a todos a que contasen su historia. Él las condimentaba después y las contaba a los siguientes viajeros. De esa manera su repertorio siempre estaba fresco y no se agotaba.
El viejo cochero podía cautivar a los oyentes con sus historias durante horas. Hablaba de reyes, hadas y ladrones, y en su larga vida había tenido muchas experiencias. Podía contar historias alegres, tristes o emocionantes, su voz fascinaba a todo el mundo. No sólo provocaba tristeza, ira y alegría, también nos hacía sentir el viento, el sol y la lluvia. Cuando Salim empezaba a contar, volaba en sus historias como una golondrina. Volaba sobre las montañas y los valles y conocía todos los caminos que conducían desde nuestra callejuela a Pekín. Cuando le apetecía se posaba sobre el monte Ararat -y no en otro lugar- y fumaba su narguile.
Cuando el cochero no tenía ganas de volar recorría en sus relatos los mares de la tierra como un delfín joven. Debido a su miopía le acompañaba en sus viajes un águila ratonera que le prestaba sus ojos.
A pesar de lo delgado y pequeño que era, Salim no sólo vencía en sus relatos a gigantes de ojos centelleantes y bigotes espantoso sino que ahuyentaba también a los tiburones, y en casi en todos los viajes luchaba con un monstruo.
Sus vuelos nos resultaban tan familiares como las elegantes evoluciones de las golondrinas en el cielo de Damasco. Cuántas veces estuve de niño apoyado en la ventana volando en pensamientos sobre nuestro patio como un vencejo. Esos vuelos apenas me asustaban entonces. Pero yo y los demás oyentes temblábamos con las luchas que sostenía Salim con los tiburones y otros monstruos marinos.
Narradores de la noche
Rafik Schami

En busca de un retrato

martes 20 de octubre de 2009

Creo que fue una mañana de verano mientras, en el primer sol de la terraza, sentada en su mecedora de cretonas, la abuela deshuesaba ciruelas pasas para un plato de fiesta. La sorprendí así, como era ella, sentada apaciblemente, en incesante actividad, en su entorno de flores y baldosas rojas. Cuando revelé aquel carrete de fotos había pasado mucho tiempo, yo estaba ya en la ciudad y lejos del pueblo montañoso y de la casita de los azulejos blancos y las baldosas brillantes, y ni siquiera recordaba haberle hecho ese retrato.
Y sin embargo, ella estaba allí y me miraba con el gesto pícaro de quien, pese a todas las precauciones por mí tomadas, no había sido sorprendida: sabía que yo disparaba la foto y había en sus ojos, en su boca, en las arruguillas de las sienes y de las comisuras de los labios un rictus irónico y pilluelo. Su pelo de nácar era casi de un azul untuoso bajo ese primer sol de la mañana, los ojitos azules casi parecían negros de tan vivos, la oreja pulcra se recortaba sobre el cuello de manteca apenas surcado por una arruga, el escote en pico de su traje de lunares azules y amarillos se abría coquetón sobre un busto de ochenta años sorprendentemente firme, reposaban sobre los brazos de la mecedora, los brazos de la mujer fuerte, y tenía el gesto enérgico y dulce de quien ha hecho frente a muchas cosas, y la mayor parte de ellas despiadadas y terribles, la sonrisa burlona de quien sabe que peor las hemos pasado y hemos salido adelante. Y las enternecedoras manos, blanquísimas, de limpias y recortadas uñas, bellas y deformadas por la artrosis; una artrosis que en ellas no parecía una enfermedad ni un defecto, sino la consecuencia de una evolución de la Naturaleza: las falanges torcidas y las articulaciones hinchadas que podría tener un árbol añoso si tuviera manos blancas. Al fondo, florecía una mata de alegrías coloradas, y jugaba el gato.
Fragmento de En un busca de un retrato
Paloma Díaz Mas

El paraíso era un autobús

miércoles 7 de octubre de 2009

Él trabajó durante toda su vida en una ferretería del centro. A las ocho y media de la mañana llegaba a la parada del autobús y tomaba el primero, que no tardaba más de diez minutos. Ella trabajó también durante toda su vida en una mercería. Solía coger el autobús tres paradas después de la de él y se bajaba una antes. Debían salir a horas diferentes, pues por las tardes nunca coincidían. Jamás se hablaron. Si había asientos libres, se sentaban de manera que cada uno pudiera ver al otro. Cuando el autobús iba lleno, se ponían en la parte de atrás, contemplando la calle y sintiendo cada uno de ellos la cercana presencia del otro. Cogían las vacaciones el mismo mes, agosto, de manera que los primeros días de septiembre se miraban con más intensidad que el resto del año. Él solía regresar más moreno que ella, que tenía la piel muy blanca y seguramente algo delicada. Ninguno de ellos llegó a saber jamás cómo era la vida del otro: si estaba casado, si tenía hijos, si era feliz. A lo largo de todos aquellos años se fueron lanzando mensajes no verbales sobre los que se podía especular ampliamente. Ella, por ejemplo, cogió la costumbre de llevar en el bolso una novela que a veces leía o fingía leer. A él le pareció eso un síntoma de sensibilidad al que respondió comprándose todos los días el periódico. Lo llevaba abierto por las páginas de internacional, como para sugerir que era un hombre informado y preocupado por los problemas del mundo. Si alguna vez, por la razón que fuera, ella faltaba a esa cita no acordada, él perdía el interés por todo y abandonaba el periódico en un asiento del autobús sin haberlo leído. Así, durante una temporada en que ella estuvo enferma, él adelgazó varios kilos y descuidó su aseo personal hasta que le llamaron la atención en la ferretería: alguien que trabajaba con el público tenía la obligación de afeitarse a diario. Cuando al fin regresó, los dos parecían unos resucitados: ella, porque había sido operada a vida o muerte de una perforación intestinal de la que no se había quejado para no faltar a la cita; él, porque había enfermado de amor y melancolía. Pero, a los pocos días de volver a verse, ambos ganaron peso y comenzaron a asearse para el otro con el cuidado de antes. Por aquellas fechas, él ascendió a encargado de la ferretería y se compró una agenda. Entonces, se sentaba tan cerca como podía de ella, la abría, y con un bolígrafo hacía complicadas anotaciones que sugerían muchos compromisos. Además, comenzó a llevar corbata, lo que obligó a ella, que siempre había ido muy arreglada, a cuidar más los complementos de sus vestidos. En aquella época ya no eran jóvenes, pero ella comenzó a ponerse unos pendientes muy grandes y algo llamativos que a él le volvían loco de deseo. La pasión, en lugar de disminuir con los años, crecía alimentada por el silencio y la falta de datos que cada uno tenía sobre el otro. Pasaron otoños, primaveras, inviernos. A veces llovía y el viento aplastaba las gotas de lluvia contra los cristales del autobús, difuminando el paisaje urbano. Entonces, él imaginaba que el autobús era la casa de los dos. Había hecho unas divisiones imaginarias para colocar la cocina, el dormitorio de ellos, el cuarto de baño. E imaginaba una vida feliz: ellos vivían en el autobús, que no paraba de dar vueltas alrededor de la ciudad, y la lluvia o la niebla los protegía de las miradas de los de afuera. No había navidades, ni veranos, ni semanas santas. Todo el tiempo llovía y ellos viajaban solos, eternamente, sin hablarse, sin saber nada de si mismos. Abrazados. Así fueron haciéndose mayores, envejeciendo sin dejar de mirarse. Y cuanto más mayores eran, más se amaban; y cuanto más se amaban más dificultades tenían para acercarse el uno al otro. Y un día a él le dijeron que tenía que jubilarse y no lo entendió, pero de todas formas le hicieron los papeles y le rogaron que no volviera por la ferretería. Durante algún tiempo, siguió tomando el autobús a la hora de siempre, hasta que llegó al punto de no poder justificar frente a su mujer esas raras salidas. De todos modos, a los pocos meses también ella se jubiló y el autobús dejó de ser su casa. Ambos fueron languideciéndose por separado. El murió a los tres años de jubilarse y ella murió unos meses después. Casualmente fueron enterrados en dos nichos contiguos, donde seguramente cada uno siente la cercanía del otro y sueñan que el paraíso es un autobús sin paradas.
Juan José Millás

Redes

lunes 5 de octubre de 2009



DICCIONARIO REDES: DICCIONARIO COMBINATORIO DEL ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO de BOSQUE, IGNACIO (DIR.)
EDICIONES SM 2004



En Redes, no encontraremos la definición de palabras, ni encontraremos sus sinónimos. Ahí está su innovadora aportación. Es un diccionario muy útil y original. Este diccionario va más allá del significado de las palabras, nos las sitúa en diferentes contextos y nos muestra los modos en que se combinan. Hace realidad las sabias palabras de María Moliner: “En los periódicos viene el idioma vivo, el que se está usando”.
Con palabras del propio autor, Ignacio del Bosque:
«Queríamos trabajar con el lenguaje común, con el lenguaje vivo, de la calle y consideramos que lo más apropiado era hacerlo a través de la prensa»
«El que abra este diccionario se va a encontrar con bastantes menos palabras que en otros, pero lo que se dice de ellas no aparece en ninguna otra parte»
Realmente, es un diccionario fantástico.
Si queréis más información sobre este diccionario, visitad: http://jamillan.com/atrac.htm

 
Plantilla creada por laeulalia basada en la denim de blogger.